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Sal de la tierra. Luz del mundo. Dos imágenes que usa Jesús para decirnos, a nosotros, discípulos, lo que debemos ser en esta tierra. Las dos imágenes nos proyectan hacia afuera, hacia las demás personas. Están tomadas de la experiencia cotidiana. En su simplicidad, encierran un enorme reto.

Podría parecer que la sal es una realidad superflua. Algo que es verdad que hace nuestros alimentos mucho más apetitosos, pero de lo que podríamos prescindir. No es así. En sus justas proporciones, es un ingrediente fundamental para el equilibrio de nuestro organismo.
La palabra clave es “en sus justas proporciones”. El exceso de sal es dañino, igual que su ausencia. El éxito de la sal es ser discreta. Dar sabor a los alimentos sin llamar la atención sobre sí misma. Si la sal se vuelve protagónica, enseguida rechazamos la comida en que ella sobra: “Esto está pasado de sal”. La finalidad de la sal es llamar la atención sobre los alimentos que ingerimos.

La luz. Nunca la apreciamos más que cuando nos falta. Un apagón no solamente afecta nuestro sentido de la vista. La oscuridad afecta también nuestro ánimo. Estamos tan acostumbrados a funcionar en la claridad que la ausencia de la luz nos desconcierta, nos deprime. También la luz debe llegarnos en proporciones adecuadas. Una luz demasiado brillante tiene el efecto contrario que se pretende, nos ciega. El exceso de luz, su exagerado protagonismo, es negativo. La finalidad de la luz es dirigir nuestra mirada a nuestro entorno y permitirnos movernos en él, sin tropezar ni hacernos daño.

Cuando Jesús usa estas dos imágenes para indicarnos nuestra misión hacia afuera, nos invita a imitar las cualidades de la sal y de la luz. No somos protagonistas. Estamos llamados a dar sabor e iluminar.

La clave de nuestra misión la da Jesús cuando nos dice que no se prende una vela para esconderla bajo una olla. Se la pone en un lugar prominente para que alumbre a todos los de casa. Y añade: “De igual manera brille su luz ante los hombres para que viendo las buenas obras de ustedes den gloria a su padre, que está en los cielos”.
Que no perdamos la capacidad de dar sabor y de dar luz.

Grito (VIII)
Nunca podrás, dolor, acorralarme.
Podrás alcanzar mis ojos hacia el llanto,
secar mi lengua, amordazar mi canto,
sajar mi corazón y desguazarme.

Podrás entre tus rejas encerrarme,
destruir los castillos que levanto,
ungir todas mis horas con tu espanto.
Pero nunca podrás acobardarme.

Puedo amar en el potro de tortura.
Puedo reír cosido por tus lanzas.
Puedo ver en la oscura noche oscura.

Llego, dolor, a dónde tú no alcanzas.
Yo decido mi sangre y su espesura.
Yo soy el dueño de mis esperanzas.

P. José Luis Martín Descalzo.
Del libro “Testamento del Pájaro Solitario”, 1991

Fuente:  Vida Cristiana Cuba