José María Rodríguez Olaizola sj. San Ignacio de Loyola y una espiritualidad para el siglo XXI.

Caminar

 

Una peregrinación es para cualquier persona que la emprenda, cualesquiera que sean sus motivos iniciales, una ocasión para la transformación personal. Son muchos los que al final del trayecto lo expresan diciendo que se pusieron en camino como viajeros y lo terminaron como peregrinos.

El esfuerzo, el agotamiento, el polvo, los silencios y los encuentros irán forjando nuestra forma de rememorar el trayecto que vamos dejando atrás e iluminarán nuestro futuro, en una metáfora certera de la vida. Caminar se convierte así en una herramienta de introspección, renovación espiritual y crecimiento en la Fe. No porque haya que ir a buscar a Dios a lugares que nos alejen de nuestra vida diaria, sino porque en esos recorridos que aúnan tradición, espiritualidad y admiración por la Creación podemos entrar en relación con lo más hondo de lo que somos, y percibir, o quizás descubrir, al Dios que ha soñado ya el destino de nuestros pasos.

No es una simple anécdota el que Ignacio se refiera a sí mismo en su Autobiografíacomo «el peregrino», y tampoco lo es que, en un giro absolutamente único en la formación de los novicios, los instruyera a ir «peregrinando por otro mes sin dinero, sino pidiendo, a su debido tiempo, de puerta a puerta por amor de Dios nuestro Señor para que se acostumbren a comer y dormir mal. Y también para que, dejando toda la esperanza que podrían tener de adquirir dinero u otras cosas criadas, la pongan enteramente, con verdadera fe y amor intenso, en su Criador y Señor» (Constituciones 67). Para Ignacio, la peregrinación configura lo esencial de su identidad, y por ello desea conferir esa impronta también a todos los que deciden compartir su opción.

En las últimas décadas, las peregrinaciones han sido un componente importante de la labor pastoral, particularmente con jóvenes, realizada por la Compañía de Jesús en nuestro contexto, aprovechando el auténtico patrimonio espiritual de la humanidad que constituye el Camino de Santiago. La fuente inagotable de posibilidades para la misión que Santiago ofrece ha fructificado también en los últimos años en proyectos novedosos como Peregrinus, un programa ignaciano de acogida a peregrinos. De manera complementaria, durante los últimos años, y a iniciativa de la Compañía de Jesús, va consolidándose en nuestro territorio el Camino Ignaciano, que une los santuarios de Loyola y Manresa, como una propuesta de fuerte motivación ignaciana que puede atraer a personas de todo el mundo deseosas de seguir los pasos del fundador de la orden y creador de los ejercicios espirituales.

Ignacio es, ante todo, un peregrino hacia Dios. Aprende de fracasos, derrotas y heridas, y finalmente deja llevarse por Él, que casi siempre lo guiará por donde no esperaba. Esa gracia de comprendernos absolutamente en manos de nuestro Creador es algo que podemos vivir y renovar cada día, tomando conciencia de nuestra peregrinación cotidiana. Ahora bien, la experiencia de muchos contemporáneos y de una tradición secular —y que en lo esencial atraviesa culturas y religiones— nos enseña que a veces necesitamos marchar hacia un lugar, partir y romper, para llegar a comprenderlo.

Invitar a caminar es invitar a descubrir que llevamos caminando un buen rato, toda una vida, y que la plenitud del camino que construimos está marcada por la confianza que depositamos en Aquél que se nos hace presente en él.

JESUITAS.ES