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Hay temas que despiertan pasiones y provocan sobresaltos, entre ellos están la política y la religión, ambos serán tocados en este artículo intentando respetuosamente no confundir sus esferas de acción (Gaudium et spes 76). Por ello, antes de proponer mis argumentos, hago ciertas aclaraciones que quizás disuadan a alguno de continuar leyendo este texto. Primero, no diré por cual o cuáles de los candidatos actuales debe votar un cristiano, esta decisión pertenece al ámbito de la conciencia formada e informada de cada ciudadano (Gaudium et spes 16). Segundo, daré criterios de discernimiento teniendo como telón de fondo la tradición católica y la espiritualidad propuesta por san Ignacio de Loyola, esperando que puedan iluminar más allá de este credo. Tercero, no pretendo que estos criterios sean únicos ni absolutos, sino que propondré, desde mi limitada perspectiva, aquellos que considero pueden ayudar en la actual coyuntura que vive el país. Por último, propongo este artículo como una herramienta de trabajo, por lo que citaré algunos documentos que pueden consultar haciendo click en los hipervínculos o links que se encuentran en las palabras que aparecen en color rojo. Agrego que, aunque resulte evidente para el lector, el ejercicio del derecho al voto se podría considerar como un mínimo básico de la participación ciudadana, por lo que no se debe limitar la acción política a este mero ejercicio.

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2240) indica que el ejercicio del derecho al voto en aras del bien común  es una exigencia moral, vinculada a la corresponsabilidad ciudadana,. San Juan Pablo II en su exhortación apostólica Christifideles laici, citando al Concilio Vaticano II, afirma: «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común». Y continúa, «una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida como “virtud” a la que todos deben ser educados, y como “fuerza” moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano» (n. 42).

El criterio del bien común es fundamental y ha de guiar el accionar político de todos los miembros de un país. «Una sociedad que, en todos sus niveles, quiere positivamente estar al servicio del ser humano es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre» (Compendio de la Doctrina social de la Iglesia 165). Por tanto, no es la mera suma de los bienes particulares, sino que apunta al bienestar del conjunto de los que comparten el territorio nacional. Está vinculado al respeto y al desarrollo integral de cada persona y de sus derechos fundamentales. Supone, pero no se restringe, velar por la paz y la seguridad, el correcto funcionamiento e independencia de los poderes del Estado, el cuidado del medio ambiente, la seguridad en el acceso a los servicios esenciales: alimentación, salud, educación, a los bienes culturales, al libre acceso a la información, a la libertad de expresión y religiosa, al trabajo digno, etc. (cf. Compendio de la Doctrina social de la Iglesia 166-170). Apuntar hacia el bien común nos coloca en dirección del bienestar de todos, criterio último de nuestras decisiones políticas.

La política forma parte de la misión cristiana de los laicos (Catecismo 2442), es decir, los clérigos, religiosos y religiosas, no debemos participar de los asuntos político-partidistas, ni ocupar cargos públicos de índole político (cf. Código de Derecho Canónico 285, 287, 671 y el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros 44). Esto no significa que el clero o la vida consagrada deban renunciar a su misión de acompañamiento y ánimo a los laicos que ejercen una función pública, en tanto que cristianos, como tampoco deberá declinar a la denuncia profética de aquello que esté en contra del bien común de los miembros de la sociedad en general. Claro está, sin desconocer e invitando a respetar la pluralidad que existe en las sociedades de las que los cristianos formamos parte y lo que se denomina como la «autonomía del orden temporal» (cf. Gaudium et spes 31, 36 y 43). Recomiendo, en este sentido, la lectura de la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política firmada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, para la época prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

No podemos dejar de reconocer que además de decisiones acertadas y los hermosos testimonios de trabajo por el bien común y la justicia social entre los cristianos en general y los católicos en particular, ha habido (¡hay y habrá!) confusiones, errores, omisiones, complicidad y pecado alrededor del compromiso político de los fieles cristianos ya sean laicos, clérigos o religiosos. Que no me detenga en ellos no quiere decir que pretenda ignorarlos u ocultarlos, pero no son el objetivo de este artículo.

Discernir significa «distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas». Viene del latín discernere que se traduce como «cribar o cernir algo separando lo uno de lo otro». El discernimiento consiste, en términos generales, en la capacidad de distinguir bien las cosas de cara a elegir la que más ayude a lo que se pretende. Se discierne para elegir y se elige para llevar a cabo el fin que se busca. En este sentido, el discernimiento no consiste en sopesar entre una opción buena y una mala, pues si conocemos de antemano que es mala no cabría considerarla frente a una buena, por lo mismo se ha de discernir entre dos opciones buenas y válidas para saber cual de ellas es la que más conduce al fin que nos hemos propuesto.

Nuevamente, la vocación fundamental de la política es el bien común (Gaudium et Spes 74), por tanto, discernir en política debe conducir a elegir aquella propuesta que conduzca al bien mayor del pueblo. El Papa Francisco, en un discurso a jóvenes católicos comprometidos en política, afirma: «La política no es el mero arte de administrar el poder, los recursos o las crisis. La política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia y así se evita que las así llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo». El cristiano ha de participar y colaborar en la sociedad en la búsqueda del bien común, según su vocación particular.

Como hemos mencionado antes, uno de los elementos mínimos de la participación política en las sociedades democráticas es el ejercicio del derecho al voto. Discernir cristianamente el voto significa que, desde los valores evangélicos y la mirada crítica y profunda sobre la realidad del país, buscamos distinguir entre los candidatos políticos a aquellos que conducirían sus decisiones al bien común de los que no y, desde esa distinción, votar en consecuencia. Por esto, uno de los pasos que hay que dar para discernir adecuadamente el voto es conocer a profundidad las posibles opciones. Votar sin conocer los programas de gobierno o las propuestas de los candidatos es como firmar un cheque en blanco a uno cuyas intenciones desconocemos. Para discernir hay que conocer. Sin conocer las propuestas políticas de los candidatos se puede caer en confianzas ciegas o en descalificaciones generalizadas que laceran el interés por el bien común, que es tarea de todos. Exigir a los candidatos que presenten públicamente sus planes de gobierno y no solo sus consignas o sus temas musicales es un deber ciudadano. No basta con decir que se es el mejor, tiene que demostrarlo responsablemente con una articulación realista y efectiva de un programa de gobierno que permita la posterior supervisión de su ejecución.

Discernir es distinguir o separar. No todos los políticos son iguales ni todos los partidos políticos tienen las mismas propuestas. Hay que entresacar entre las opciones posibles cuáles son las que más ayudarían al bien de la sociedad. El Papa Francisco en el discurso ya mencionado, citando a san Pablo VI, afirma: «Los católicos sabemos bien que “en las situaciones concretas, y teniendo en cuenta las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes” (Octogesima advenians 50). Por eso, los invito a que vivan su fe con gran libertad. Sin creer jamás que existe una única forma de compromiso político para los católicos. Un partido católico. Quizá fue esta una primera intuición en el despertar de la Doctrina social de la Iglesia que con el pasar de los años se fue ajustando a lo que realmente tiene que ser la vocación del político hoy día en la sociedad, digo cristiano. No va más el partido católico. En política es mejor tener una polifonía inspirada en una misma fe y construida con múltiples sonidos e instrumentos, que una aburrida melodía monocorde aparentemente correcta, pero homogeneizadora y neutralizante –y de yapa– quieta. No, no va».

Hay que recordar que «juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y protagonistas de la política» (Christifideles laici 42). Esto supone que existe una diversidad de posturas y modos de hacer política y de buscar el bien común que se debe reconocer y aprovechar para este fin. Por tanto, el diálogo, la cooperación, la solidaridad, el respeto y el compromiso por el bien común han de ser los motores que impulsen a los ciudadanos de a pie y a los que ocupan cargos de responsabilidad política a buscar y hallar las formas más adecuadas para el desarrollo integral de todos (cf. Sollicitudo Rei Socialis 32-33).

Son muchas las tareas que como país tenemos pendientes en áreas tan básicas como la salud, la educación, el empleo, los servicios básicos, la consolidación y defensa de los derechos humanos, la calidad de la vivienda, entre muchos otros. Tenemos el reto de la disminución de la pobreza, la exclusión social, la brecha digital, la discriminación y abusos de todo tipo, la corrupción a todos los niveles y la impunidad. Existen desafíos áreas tan diversas como la ecológica, la violencia intrafamiliar, la discriminación racial y la economía. No podemos darnos el lujo de desistir en los esfuerzos de unir voluntades para el mejoramiento del país. El ejercicio del derecho al voto, si se desea hacer bajo los criterios cristianos, ha de estar comprometido con la búsqueda de soluciones a estas problemáticas que redunden en colocación en el centro de las políticas públicas a las personas.

Las problemáticas del país no se resolverán sin el involucramiento consciente de todos los ciudadanos en la búsqueda de soluciones que redunden en el bien de todos. El individualismo es un aliado eficaz de la corrupción. El «sálvese quien pueda» o el «yo resuelvo lo mío», a mediano y largo plazo, ahoga las oportunidades de un desarrollo justo e integral para todos. Para elegir cristianamente tampoco ayuda el criterio de escoger a aquel o a aquellos que nos pueden procurar mayores privilegios para mí o para los míos, si con ello se olvidan de los más desfavorecidos. Si votamos bajo este criterio simplemente estamos haciéndonos cómplices enmudecidos de la corrupción imperante y aliados silentes de la impunidad que nos carcome. Nos recuerda el número 76 de Gaudium et spes, refiriéndose a la Iglesia Católica, pero que se puede aplicar a otros grupos y personas particulares: «No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición». Los privilegios o intereses particulares no son un criterio de elección a la hora de buscar quienes guiarán los destinos de la nación, los criterios adecuados son el bien común y la justicia social (Compendio doctrina social de la Iglesia 201-203).

Si las condiciones lo permiten y propiciamos un ambiente cívico adecuado para la celebración segura, en términos de salubridad, de las próximas elecciones congresuales y presidenciales, nuestra responsabilidad es ir a ejercer el derecho al voto. El abstencionismo electoral solo contribuye a que gane el más fuerte, que no siempre ni necesariamente coincide con el más idóneo para gestionar los asuntos públicos. Discernir profunda y responsablemente el voto, con la mirada puesta en el bien común, es un deber de nuestro ejercicio ciudadano. Con este compromiso básico con la democracia no termina el compromiso que ha de tener cada ciudadano con el país. Luego de votar se ha de continuar con la responsabilidad cívica de velar por el respeto y la ejecución de los compromisos asumidos por los candidatos en sus programas de gobierno, además de colaborar con el orden justo de la nación. La tarea es ardua, la renuncia a ella no ha de contemplarse como opción.